El BDSM es la terapia misma de quienes encuentran en ese estilo de vida una respuesta comprensiva y sociable a los deseos que les dijeron que debían estar reprimidos”

 Entrevista por: Alexiel Vidam

 Cristias Rosas descubrió su pasión por la fotografía en los laboratorios de revelado y ampliación de la universidad de Lima. Tras el fallecimiento de su padre –a los 101 años de edad- Cristias dejó a un costado sus temas frecuentes -lo fantasmal ligado a la demencia senil-, para abordar un mundo mucho más controvertido y subterráneo: el BDSM (Bondage y Disciplina; Dominación y Sumisión; Sadismo y Masoquismo). Según el autor, el BDSM tiene mucho más de amor que de crueldad y –muchas veces- funge incluso como terapia para quienes lo practican.

Antes de incursionar en el tema del BDSM, ¿Cuáles eran tus temas frecuentes?

En un inicio empecé buscando geometrías en las calles, bastante básico en realidad; eso antes de empezar a deslindar series de fotos en base a un concepto fijo. Por otra parte, el golpe de ser hijo de un padre tan viejo, definitivamente demarcó mi temática fotográfica (mi padre murió de 101 años). Pero nunca abordé esa especie de “urgencia crónica” en mi cabeza de forma literal; es decir nunca lo fotografié a él, a gente de su edad, Alzheimer, demencia senil, nada de eso. Me incliné por acercarme al tema desde la plataforma de los fantasmas. Mi primera serie consistió en retratar en bajas condiciones de luz, con movimiento y en parajes “de purgatorio” o “ambiente limbo” a cuatro chicas que eran ya huérfanas de padre. Las convertí en fantasmas a ellas mismas en homenaje a sus padres fallecidos. Decidí que sean modelos mujeres por las características compartidas de seducción que tiene “lo femenino” con lo “espectral”: Apariciones breves y deslumbramiento, disponibilidad utópica, siempre un paso más allá, eso de que “siempre que miras ya se fue”.

Seguí experimentando con distintos tipo de iluminación no tradicional para continuar creando “fantasmas”. Múltiples disparos de flash y larga obturación para el Gemelo fantasma, la serie que devino después y que logré exponer en varias ciudades de Sudamérica.

Por mucho tiempo, mi fotografía se dedicó a explorar a fondo mi propia visión de lo fantasmal. Lo curioso es que no creo en ellos, pero me desborda la idea de creer, de que se hagan realidad ante mis ojos.

 

¿Cómo surge tu interés por el BDSM? ¿Por qué consideras que es interesante o necesario mostrarlo al público?

Fue posterior a una serie de fotos que hice estando en Nueva York, fue un proyecto de un año que buscaba comunicar, a través de la imagen, la forma en la que veía el mundo la mente de mi padre, una visión confundida y deteriorada por la demencia senil. Se podría decir que es una serie que surgió entre la culpa y el amor. Al finalizar ese proyecto y yo ya sin padre, me vi en un vacío de creación fotográfica que tenía que ser llenado sí o sí por algo equivalentemente intenso.

Así es como empiezo a aprovechar el hecho de estar viviendo en una ciudad tan inmensamente rica en términos de componentes humanos e inicio la incursión al submundo. Fueron 10 meses de mucha disciplina y paciencia, de acercarse a la gente, de analizar sus prácticas, ganar confianza y empezar a documentar. Al inicio iba a los eventos públicos y no conocía a nadie. Era encontrarse en un ambiente donde cae gente de toda edad. He visto a gente hasta de 80 años, chicas bellísimas, obesos, enanos y hasta paralíticos, todos compartiendo en un evento donde la democratización del acto de “pasarla bien” está mucho más presente que en un bar o en una discoteca tradicional. Obviamente no hay nada de tradicional ahí; es un lugar donde encuentras gente en constante “instante decisivo” como el concepto del que hablaba Cartier Bresson, en referencia al momento de máxima expresividad.

Al final, el BDSM es una ambivalencia de comportamiento que no es necesariamente sexual; es más, muchas de sus actividades están de-sexualizadas, pero sea -como sea- es algo enquistado en nuestra cultura, es un elemento parte de la naturaleza de muchas personas que co-existe en las sombras bajo la mirada juiciosa de un comportamiento erótico “normal” o más bien “normado”. Es ilógico ignorarlo, por grotesco que pueda ser a veces; es un elemento social, de sociabilización y encuentro entre minorías (y ni tan minorías) que buscan explorar un acceso al placer según las condiciones que se determinan en todo encuentro entre dominante y sumiso.

¿Alguna vez lo practicaste?

Por supuesto. Yo me planteé desde un inicio que esto no iba a ser un safari fotográfico, que tenía que saber de qué me está hablando la gente que fotografío, a qué se refieren en cada entrevista que les hacía; no podía ser ajeno a nada de eso. Yo fotografié ese proyecto para recordarme que hay algo digno de ser visto allá afuera, que hay un mundo que co-existe casi pared con pared con el nuestro y que es intenso y fascinante y merece por su relevancia subrepticia la atención del lente.

¿Qué cosas nuevas o desconocidas has descubierto explorando este mundo?

Para cualquiera que no ha visto nunca un evento BDSM y más aún en una ciudad tan esquizofrénica como Nueva York, todo es nuevo desde la dominatrix vestida de marinerita agarrando a latigazos al gordo en tutú de ballet, hasta Shibari (arte de atado de cuerdas) y suspensión, pintado de genitales, la habitación sexual y muchas otras actividades sadomasoquistas mucho más psicológicas o de fisicalidad menos activa. Recuerdo haber visto a una chica con docenas de velitas en la espalda, lentamente drenando cera caliente, mientras sus amigos le cantaban feliz cumpleaños.

¿Hubo algo que te descuadrara de lo que viste?

 Nunca nada me pareció demasiado o muy extremo; no porque no haya visto cosas extremas, sino porque nunca vi a nadie padecer nada sin condescendencia. El BDSM se trata precisamente de eso: acuerdos y reglas de juego.

¿Cómo hiciste para contactar a los modelos?

Poco a poco y con bastante paciencia vas entablando comunicación con la gente en los eventos. A todo esto, los eventos son reuniones “kinky”, que ocurren tanto en lugares públicos como privados. Existe una red social solo para este tipo de temas que se llama FETLIFE, muy parecido a Facebook. Eso facilitó la comunicación fuera de las fiestas, para explicarles mejor qué era lo que estaba planteando y pretendía con las fotos.

¿Cómo recibieron tu propuesta de participar en el proyecto?

Casi todo el mundo se demostraba bastante interesado, en especial los exhibicionistas o los interesados en usar las fotos como una excusa para ser dominados por el otro retratado. En general desarrollé buenos vínculos con casi todos. Al final del proyecto entraba a las fiestas y me encontraba a mis retratados ahí; era un ambiente de bastante cariño y agradecimiento mutuo. Es lo que más extraño de Nueva York.

Ya con una mirada más profunda del BDSM, ¿cómo lo defines?

La sociedad no ha querido darle una mirada muy detenida a los asuntos BDSM; ha decretado un prejuicio casi a forma de sentencia de lo que “es” lo BDSM y ahí ha quedado. En la mayoría de casos, los que creen que entienden algo del tema por más que nunca lo han visto de cerca, lo sentencian como un juego de “enfermos”, con psicopatologías que deberían ser tratadas. Esa línea ignora tantos otros elementos sociológicos y psicológicos que llevan a alguien a involucrarse en BDSM. Es definitivamente un comportamiento excéntrico, pero no por ello necesariamente es una enfermad o patología. Muchas veces el BDSM funge precisamente como la terapia que en teoría esta gente necesitaría; es ésa la forma en la que canalizan traumas, debilidades, dolencias etc. y las transmutan al territorio de juego sadomasoquista y todas las amplias variantes que eso conlleva.

Algo que me queda claro, es que las relaciones de dominancia y sumisión están insertas en toda sociedad en todo aspecto; incluso al ir a un restaurante o atender a clase se dan relaciones de este tipo siempre. Esto se trata de una ambivalencia sexual-social enquistada en una minoría de nuestras culturas que en algún punto decide actuar sobre sus deseos. Ignorar esto porque “es grotesco” o muy duro de mirar es una limitación grave de gente conservadora que se niega a aceptar que, un sector que le rodea, mantiene un comportamiento que, además de no ser más nocivo de lo que se acuerda que sea, es inherente y está presente, les guste o no. ¿Porqué no darle una mirada a nivel, justa y que le de voz a quienes quieren hablar desde esa sombra? Quienes voltean la mirada quieren que todos se horroricen por igual y sancionan a los que no.

Lo más importante a entender del BDSM, es lo que plantea Havelock Ellis, que, al rechazar ceirtas ideas de Freud y Krafft Ebing, dijo que la base del BDSM no es la crueldad, sino, por el contrario, el “amor” y el anhelo de dar y darse a alguien significativo. Aquellos involucrados en el BDSM saben que el placer del masoquista es esencial en muchos casos para el sadista, y por tal el término, “víctima” es ilógico, pues se trata de una colaboración. Ambas partes aportan: sadista y masoquista son elementos complementarios -no opuestos-, que se entregan en un teatro de juego rudo; las razones pueden ser varias; con psicopatologías presentes -sí puede ser-, pero esto último no es exclusividad del BDSM.

De los fotografiados, ¿qué historias interesantes descubriste? ¿Cuál fue la que más te impresionó? ¿Por qué?

Fotografíe a una dominatrix profesional que había sido actriz porno y ahora se ganaba la vida dominando hombres por dinero; a otra dominatrix que montó una puesta en escena en la que ella era la reencarnación de Jesucristo y se elevaba a los cielos abandonando a sus apóstoles llenos de sus enseñanzas; a una tercera dominatrix de 20 años que le torturó el pene a un hombre de 65 años; una pareja de sadomasoquistas dándose amor a latigazos; un italiano experto en Bondage (atado de nudos con cuerdas y suspensión), etc. Al final las variantes son infinitas. Por más que parezca que se trata de asuntos muy físicos y violentos, muchos de ellos pasan más por lo psicológico. Precisamente el que más me impresionó y terminó siendo la “ballena blanca” de este proyecto, fue el “knife play” (juegos con cuchillos y filos); básicamente es gente que se excita con la sensación del filo de un cuchillo en la piel. No necesariamente tiene que haber corte; todo depende del acuerdo previo al juego que tengan el dominante y el sumiso. Yo siento que en los 10 meses fotografiando, cubrí una buena gama de lo que sucede en el BDSM, pero la sesión de knife play se perdió por una inesperada crisis de quien iba a ser la retratada y experta en el tema. Los tiempos no coincidieron. 

Hablando sobre los límites en los acuerdos… ¿la vida de los participantes llega a correr peligro?

Nadie quiere morir, todo lo contrario. La gente quiere jugar, y sus juguetes son distintos a los tradicionales, nada más; esa es la única diferencia. Incluso fetiches de muerte y destrucción del cuerpo, no hablan de la muerte en sí, sino de la simulación de la misma. El fetichista alucina con, pero es extremadamente raro que se dé que alguno llegue al extremo de poner su vida en peligro. Es más, una de mis retratadas antes de entrar en el BDSM solía cortarse pensando en acabar con su vida; una vez que empezó a desarrollar su lado más kinky en el BDSM, dejó de cortarse por depresión y empezó a hacerlo por placer. La gente no va a “normalizarse” esa noción de “el bienestar es solo a través de lo normal”; es lo que busco suprimir. Al final el BDSM es la terapia misma de quienes encuentran en ese estilo de vida una respuesta comprensiva y sociable a los deseos que les dijeron que debían estar reprimidos.

¿Qué fue lo más difícil de realizar este proyecto?

Lidiar con el prejucio de la gente que cree que sabe más de lo que es bueno para el sadomasoquista, que el sadomasoquista en sí. Yo creo que se trata de una negación que tienen algunas personas a aceptar que viven en un mundo menos familiar y más heterogéneo de lo que quisieran reconocer. Si el conservador no quiere mirar pues que voltee la cara y siga viviendo en su eterno pavor a todo lo que le es ajeno y externo, pero no por ello los que no lo somos tenemos que regirnos bajo esa mirada, por más hegemónica o dominante que sea.